Inicio Foros Off Topic Historias junto al fuego Nunca dije que fuera a rendirme ACTUALIZADO

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    El sol brillaba en lo alto en aquella tarde de Marzo, mientras Anthrior afilaba su espada se podían observar a unos humanos que eran llamados como los Hijos del Bosque por su lealtad a los elfos, entrenando en sus artes druídicas y en el combate con dagas y arcos.
    Pasaron unos días desde que tomaron las fuerzas conjuntas de los Hijos del Bosque, la vanguardia de centinelas semielfos y la compañía de Anthrior el puesto fronterizo que conectaban las tierras semiélficas de Falthrien con la región humana de Isorath.

    Anthrior sabía perfectamente que vendrían a reclamar el puesto fronterizo, por ello mando un mensaje al reino élfico de Omirath pidiendo refuerzos, pero el rey Andrion nunca respondió. También mandó un gorrión mensajero a las montañas en busca de los bárbaros y salvajes que las habitaban, pero no volvió aquel gorrión, en su sustitución regresó un halcón trayendo un mensaje que tardaron horas en responder, pero que ponía que si mandarían a sus tropas a ayudarles.

    Ellos, por su parte, empezaron a preparar su defensa, los druidas empezaron a levantar raíces del suelo para usarlas de muralla y empezaron a crear pociones con hierbas originarias de Isorath y Falthrien, que al mezclarlas se creaba un color azul apagado con motas de rojo fuego.

    – ¿Qué es esto? Le preguntó Anthrior a uno de los druidas.

    – Esto es una poción explosiva. Le respondió con mucha precaución. No es algo con lo que se deba jugar.

    Pasaron los días y Anthrior observó que no llegaba ni un mísero soldado. Cuando llegó el último día, se pudo divisar en el horizonte como se acercaba un ejército del reino élfico de Omirath. Mientras se acercaban los centinelas se colocaban en sus puestos por si era una trampa por parte de los humanos Isoríes.

    – Soldado Anthrior, rápido. Vaya a avisar al general Syllvein. Dijo el centinela con cierto tono de preocupación y temor.

    – Sí, señor. Contestó Anthrior con obediencia al centinela.

    Entonces, Anthrior corrió por todo el puesto, para encontrar al general, pero no lo encontró por ningún lado, hasta que decidió asomarse desde una almena para observar la entrada principal y observó al general hablando con unos soldados.

    – ¡No! ¡General Syllvein! ¡Son el enemigo! Gritó Anthrior desde la almena.

     
    El general Syllvein estaba escribiendo una carta con una pluma de léchokath y tinta fresca, cuando un centinela irrumpió en la estancia.

    – General, ya están aquí. Dijo el centinela con un tono serio. – De acuerdo, vayamos a la entrada pues. Dijo el general con cierto tono de superioridad.

    De camino a la entrada, vieron a Anthrior corriendo en círculos por el puesto hasta que llegaron a la entrada y vieron a unos soldados con un aspecto élfico pero con armaduras que parecían humanas.

    – Buenas, soy el general que manda en este puesto. Dijo el general Syllvein con firmeza y valentía. No nos quitaréis este puesto, sucios humanos.

    – ¿Humanos? ¿Nosotros? Contestó el soldado antes de echarse a reír. Somos los montaraces de Omirath, traemos un mensaje del rey Andrion junto con 2000 montaraces y 500 magos de Arcadia, como nuestro rey nos ordenó.

    – ¿Cuál es el mensaje? Preguntó Syllvein con cierto tono de duda.

    – Falthrien resiste. Contestó con ímpetu y firmeza.

    Los montaraces iban a entrar cuando se detuvieron por un grito que se escuchó por una de las almenas.

    – ¡No! ¡General Syllvein! ¡Son el enemigo! Se oyó gritar a Anthrior desde la almena.
    Entonces, Syllvein alzó la cabeza y ordenó a Anthrior que bajase a conocer a sus nuevos aliados. Cuando Anthrior bajó vió al general delante de unos cuantos soldados.

    – ¿Quiénes son, general Syllvein? Preguntó Anthrior mirando con desconfianza a los montaraces y a los magos.

    – Son… Los montaraces de Omirath. Contestó con desprecio.

    – Los montaraces… de Omirath!? Exclamó Anthrior con un tono de sorpresa. Los que lucharon en la Gran Guerra?

    – Los mismos, soy el capitán Gildor. Respondió Gildor antes que Syllvein.

    – Adelante, pase… Capitán. Dijo Syllvein a regañadientes.

    Entonces, el capitán Gildor y su ejército se dispusieron a pasar adentro del puesto fronterizo hasta que Gildor vio una chica con una armadura de placas plateadas, combinadas con unas botas de placas azul celeste, unas hombreras de placa azul cielo y unos guantes de placas blancas. Llevaba una espada corta de una mano hecha de una aleación entre plata y asthrium. Su rostro era de aspecto joven, con unos ojos redondos y azules con líneas verdes cortas que le salían del centro del ojo. Tenía unos labios cortos pero carnosos pintados por un pintalabios blanco. En cada oreja llevaba
    un pendiente que era una anilla de oro. Tenía una nariz pequeña y un pelo largo, suave y rubio con las puntas marrones.

    – ¿Li… Litharien? Se preguntó a si mismo Gildor en un tono de nostalgia.

     

     

     

    Litharien estaba peinándose sus mechones enfrente del espejo de sus aposentos hasta que vio que se derramaba una lágrima de su ojo. Litharien se tocó la lágrima con su dedo índice.

    – ¿Lágrimas? Se preguntó en un tono nostálgico mientras apretaba el puño con rabia.

    Entonces, Litharien se colocó la armadura, cogió su espada y se dispuso a salir de sus aposentos. Mientras bajaba a ver que era la bulla que se formaba en la entrada vio a Anthrior bajando de una de las almenas y se acercó a Anthrior.

    – Anthrior, que estabas haciendo allí? Preguntó Litharien con voz dulce y tono curioso.

    – Estaba buscando al general Syllvein. Contestó Anthrior en un tono asustado. Pero ya lo he encontrado, está en la entrada, con un ejército.

    – ¿Con un ejército? Porque no vas a mirar que clase de ejército es? Preguntó Litharien en un tono dulce y alegre mientras esbozaba una sonrisa. Y no te preocupes, no le diré a nadie que estabas jugando en las almenas.

    – No estaba jugando, estaba buscando al general Syllvein. Contestó Anthrior en un tono molesto y enfadado.

    Entonces, Anthrior bajó corriendo hasta la entrada principal mientras Litharien se quedó observando el paisaje. En las montañas del norte de Isorath se podía observar a un pastor llevando a su rebaño de Yamgoths a un campo verde para que pudieran comer mientras que un poco más al este pudo observar que se acercaba un ejército compuesto por humanos y enanos.

    En ese mismo momento, decidió bajar a la entrada corriendo hasta que vio a un soldado de aspecto élfico con armadura humana, dicha armadura era de malla y anillas y de color amarillo dorado, combinada con unas botas y guantes de placas de color plateado. Su aspecto era de un soldado curtido, con el pelo canoso y una cicatriz que le abarcaba toda la cara. Sus ojos eran de un color marrón almendra con motas ámbar que salían del centro de sus ojos. Tenía unas orejas largas y grandes. En su oreja derecha le faltaba un poco de oreja en la parte de la punta. También tenía unos labios finos y largos combinados con una nariz larga y pequeña.

    – Gi… Gildor. Dijo Litharien con un tono melancólico y triste antes de ponerse a llorar.
    Entonces, Litharien echó a correr hacia Gildor para poder darle un abrazo pero Gildor la paró en seco.

    – Lith, esto es importante. Nuestros agentes encontraron esto en un pueblo de Nueva Isorath. Dijo Gildor con un aspecto preocupado mientras sacaba un colgante plateado con una L azul marcada.

    – No puede ser él. Me niego a que sea él. Contestó Litharien en un tono enfadado y furioso. Él está muerto para mí. Entonces, cogió el colgante, tirándolo al suelo para luego pisarlo destrozándolo en el intento.

    – Eres muy dura con él, Lith. Dijo Gildor en un tono serio y estricto.

    – Se lo merece, por abandonarnos. Contestó Litharien de manera borde.

    Entonces, apareció el general Syllvein de detrás de Gildor y le dijo a Litharien:

    – Perdonen, interrumpo una reunión muy conmovedora, pero el enemigo ya está aquí. Dijo Syllvein en un tono autoritario creyéndose superior.

    Entonces, se escuchó un disparo y todos los soldados se pusieron en sus posiciones. El general Syllvein ordenó que los montaraces se quedaran dentro del puesto y que los magos se quedasen en las almenas ya que quería que él y sus centinelas se llevaran todo el mérito de la victoria. Litharien se rehusó a dicha idea, pero no pudo hacer nada, solo consiguió que no la dejasen participar tampoco.

    – Anthrior, muchacho, o estás conmigo o contra mí, tú decides. Dijo Syllvein en un tono frío y superior.

    Anthrior se quedó mirando por unos instantes a Litharien y empezó a pensar en todo lo que han vivido desde que se conocieron, no quería abandonarla, pero tampoco quería traicionar al general Syllvein, ya que era su superior. Entonces, Anthrior empezó andar en dirección de la ubicación de Litharien, eso hizo que Syllvein estallase en rabia y que apuntase con su espada a Anthrior.

    – Has elegido una decisión muy mala, pequeño. Dijo Syllvein en un tono maligno. ¡ARRESTADLOS!

    Entonces, los centinelas les apuntaron con sus gujas dando un paso hacia delante, Anthrior levantó las manos hasta que escuchó una voz que venía de las almenas.

    – Yo que tu no haría eso muchacho. Dijo un encapuchado que bajaba de las almenas.

    – ¿Y tú quién demonios eres? Dijo Syllvein en un tono de asco.

    – Los refuerzos que pedisteis. Dijo el encapuchado confiado antes de quitarse la capucha.

    Iban andando por una llanura un grupo de cinco integrantes, un enano, tres humanos y un semielfo. El enano no llegaba ni al metro y medio, pero tenía una barba marrón larga, tan larga que le tapaba su boca y barbilla, tenía una nariz aplastada y dura que la acompañaba con unos ojos marrones oscuros y en su cabeza calva, habían unas marcas grabadas como las que tenían los Doth’ Nir. Los humanos en cambio medían un metro ochenta cada uno, eran dos magos, chico y chica y una soldado. El mago chico aparentaba 20 años, tenía una melena castaña, acompañada por una nariz larga y unos ojos morados con partes blancas, debido al maná. Lucía una toga de color marrón con los bordes negros, que le hacía ver como capitán de la brigada de magos de Isorath. La maga en cambio tenía el pelo largo y de color naranja como el amanecer y unos ojos rojos como el fuego. Tenía una nariz pequeña y unos labios carnosos de color amarillo. Llevaba puesta una túnica de color verde, que la hacía ver como teniente del capitán de la brigada.

    El semielfo sin embargo llevaba una armadura ligera hecha de cuero, combinada con una capa de tela fina de color roja, unas botas hechas de piel de Yamgoth y unos guantes hechos de animales autóctonos de Isorath. Llevaba una daga en su cinturón y dos espadas de una mano en la espalda. Tenía una cara joven, con una nariz estrecha pero larga, con los ojos verdes y el pelo blanco, tenía unas orejas largas pero con un pequeño defecto, que las tenía hacia delante en vez de hacia atrás. La última integrante tenía el pelo negro azabache con forma de coleta, dejándole ver todo el rostro, tenía los ojos marrones, pero uno de ellos lo tenía muerto con una cicatriz que le abarcaba todo el parpado. Tenía unas orejas pequeñas y en cada una llevaba un pendiente que era un arito de hierro. Tenía unos labios delgados pero largos junto con una nariz pequeña. Llevaba una armadura de placas hecha con hierro y cobalto. En la espalda cargaba con un hacha de guerra hecha de mitril con el logo del ejercito de Isorath.

    – Comandante, ya estamos casi en el punto acordado. Dijo la teniente decidida. – De acuerdo, Melody y Liam, id preparando el hechizo ilusorio.

    – Un momento, veo a una chica mirando hacia nuestra posición. Dijo el capitán mientras usaba un hechizo de vista de largo alcance. – Tiene el pelo rubio y ojos azules. Dijo Liam al ver a la chica del puesto. – No, esperad, no nos está viendo,
    tiene la mirada puesta en aquellas montañas. Dijo Liam antes de exhalar un suspiro de alivio.

    – Vale, pues entonces cread el hechizo antes de que se den cuenta de que estamos aquí. Dijo el comandante metiendo prisa a los dos magos.

    Entonces, los dos magos se concentraron cerrando los ojos para después abrirlos teniendo una luz azul blanquecina en sus cuencas al mismo tiempo que se formó un círculo hecho con runas arcanas en el suelo. El cielo pareció estremecerse pero lo único que sucedió fue que empezaron a salir siluetas alrededor del grupo. Esas siluetas eran un ejército ilusorio formado por humanos y enanos y empezaron a avanzar hacia el puesto. De repente Liam vio como la chica rubia de ojos azules se fijó en el ejército y se fue corriendo hacia adentro para avisar a los refuerzos.

    – Comandante, nos han descubierto! Debemos abortar. Dijo Liam en un tono preocupado.

    – Liam, no abortamos, vamos a avanzar, igual se están fijando solo en las ilusiones. Dijo el comandante confiado.

    Entonces el grupo aligeró la marcha ocultándose entre las ilusiones hasta que llegaron a tener el puesto justo enfrente.

    – Estamos todos? No se nos ha quedado ninguno rezagado esta vez? Preguntó el comandante preocupado.

    – Si, mi comandan… Aaaah, una mariposa! Gritó Melody antes de empezar a correr llena de histeria y miedo dando vueltas en círculo.

    – Tranquila Melody, yo me encargo. Dijo el enano antes de comenzar a disparar su trabuco que llevaba a la espalda.

    – Bael! Se supone que no tenemos que llamar la atención para que no nos descubran! Dijo la guerrera de placas en un tono molesto echándole un sermón a Bael.

    Entonces, el comandante agarró a Melody de los hombros para que se le pasase la histeria y poder tranquilizarla.

    – Melody, Liam, creéis que podéis llevarme hasta las almenas? Dijo el comandante con una sonrisa confiada antes de ponerse la capucha de su capa.

    – Llevarte hasta allí? Con quien te crees que estás hablando? Llevo practicando magia desde que tenía 7 años. Dijo Melody en un discurso orgulloso y motivador.

    Entonces, los dos magos se concentraron y volvieron a formar ese círculo rúnico que se pudo ver hace unos instantes pero con una ligera diferencia, que se formó un escudo arcano para evitar cortar los tele transportes y entonces una luz envolvió al comandante y en un momento fue enviado a las almenas.

    Cuando los magos vieron al encapuchado se estremecieron pero el encapuchado los detuvo.

    – Tranquilos, soy el comandante Ikerhin, de Isorath.

    Entonces los magos le cedieron el paso hacia el interior del puesto. Cuando Ikerhin avanzó vio todos los centinelas semielfos apuntando sus gujas hacia un grupo en el que se encontraba un elfo medio asustado con los brazos levantados.

    – Yo que tu no haría eso muchacho. Dijo Ikerhin confiado mientras bajaba de las almenas.

    – Y tú quién demonios eres? Dijo un general con cierto tono de asco.

    – Los refuerzos que pedisteis. Dijo Ikerhin antes de quitarse la capucha.

    Entonces, Litharien se puso furiosa, la persona que creía muerta, delante de ella con un aspecto de orgullo y confiado. Entonces, Litharien se abalanzó hacia Ikerhin desenfundando su espada a la carrera, pero Ikerhin la esquivó velozmente, a lo que Litharien respondió con un corte en horizontal, el cual volvió a esquivar, entonces, saltó hacia arriba para clavarle su espada en la cabeza con un corte en vertical pero Ikerhin la paró en seco colocando su espada en posición horizontal. Entonces, Ikerhin la lanzó hacia atrás pero Litharien con ligereza cayó colocando sus pies en el suelo.

    – Lith, no vengo a por ti. Dijo Ikerhin en un tono nostálgico.- Vengo a por él. Dijo en un tono amenazante apuntando con su espada al general semielfo.- El puesto en si nos daba igual perderlo, pero que los semielfos invadiesen Isorath no.

    – Que!? Como sabías que…? Preguntó el general preocupado.- Además, dijiste que habías traído tus refuerzos y dónde están? Preguntó el general sonriendo de manera orgullosa y superior.- Centinelas, a por él! Ordenó el general con un grito.

    Entonces, Ikerhin sonrió y sacó una pistola de bengalas con la cual disparó una bengala de color rojo y al de segundos apareció una luz cegadora del que salieron el resto de su grupo.

    – General, usted me pregunto dónde estaban mis refuerzos, aquí los tienes. Dijo Ikerhin confiado levantando la cabeza.

    – Pero, si yo vi un ejército avanzando hacia aquí. Dijo Litharien en un tono preocupante.

    – Era una ilusión, cariño. Dijo Melody sonriendo de manera dulce mientras guiñaba un ojo.

    Entonces Ikerhin desenfundó su otra espada y comenzó a atacar a los centinelas que querían apresarle, mientras que Bael estaba recargando su trabuco y la guerrera
    estaba derribando Centinelas con su hacha de guerra. En cambio los dos magos lanzaban hechizos de hielo y fuego con una coordinación curiosa, ya que parecía que estaban en un baile de salón en vez de en medio de la batalla. Anthrior se quedó maravillado con los dos magos y se quería unir a la batalla pero Gildor le colocó una mano en el hombro antes de mover la cabeza hacia los lados.

    – Porque no? Preguntó Anthrior en un tono que parecía que se iba a echar a llorar.

    – A nosotros nos ha mandado el rey Andrion a ayudar a detener a los semielfos, pero como puedes ver, ellos cinco se las apañan solos. Dijo Gildor en un tono feliz y orgulloso.

    – Entonces, volveréis a Omirath? Preguntó Anthrior en un tono con curiosidad y misterio.

    – Nosotros… No podemos volver. Vivimos desterrados de Omirath desde que acabó la Gran Guerra. Dijo Gildor con melancolía y nostalgia.

    – Y donde vivís ahora? Preguntó Anthrior en un tono de tristeza.

    – En Arcadia, con los magos, aunque ahora no somos simples guerreros, somos guerreros mágicos, tu pareces joven, tendrás 20 años o así, además, esta parece tu primera batalla, me equivoco? Preguntó Gildor en un tono confiado.

    – Si, es mi primera batalla, pero, qué hago? Preguntó Anthrior indeciso.

    – Yo me hice la misma pregunta hace 40 años, cuando conocí a ese semielfo, el primer semielfo, Ikerhin. Dijo Gildor sonriendo de manera nostálgica.

    Entonces, Anthrior se llenó de furia, aquel al que no paraba de oír aquellos rumores sobre como trajo destrucción al reino de Omirath, aquel que le dio su lealtad a Isorath, aquel que traicionó a todos para servir a los humanos imperiales.

    Anthrior comenzó a dar unos pasos en dirección a Ikerhin mientras desenfundaba su espada. Gildor corrió para detenerle pero lo único que vio viable fue inmovilizarlo contra el suelo.

    – Gildor, que está pasando? Dijo Litharien en un tono histérico.

    – Lith, intenta tranquilizar a Anthrior, quiere matar a Iker. Contestó Gildor preocupado.

    – Pero, Iker… rompió su… Empezó a decir Litharien en un tono triste.

    – Lith, deja de vivir en el pasado y empieza a vivir en el presente, Iker no se jugó la vida por todos hace 40 años en vano! Le contestó Gildor en un sermón reflexivo.

    Entonces, Litharien agarró a Anthrior de la nuca para llevárselo a un sitio seguro mientras que Anthrior seguía mirando con odio hacia Ikerhin. Mientras tanto Ikerhin y su grupo seguían combatiendo a los centinelas pero con más dificultad ya que los centinelas eran cientos y ellos solo eran cinco.

    – Comandante, tiene que usar su magia, no podemos aguantar más! Gritó la guerrera para que le pudiese oír Ikerhin.

    – Pero, y si no me controlo… Y si os mato a todos…? No quiero arriesgarme. Contesto Ikerhin en un tono inseguro, creyendo no estar a la altura de los demás.

    – Iker, yo creo en ti, puedes hacer cualquier cosa, tienes una magia increíble y encima eres un comandante muy fuerte, si muero, moriré con el honor de haberte servido durante todo este tiempo. Dijo la guerrera en un tono motivador y conmovedor.

    – Malwen… Dijo Ikerhin antes de soltar lágrimas.

    Entonces Ikerhin se concentró y en sus espadas se podían observar un aura como si fuese una pequeña ventisca y dio un corte en el aire y uno de los centinelas fue cortado por la mitad y la sangre que salió propulsada se congeló en un instante y el terror se sembró entre los centinelas.

    – Gracias, muchacho. Dijo Bael antes de disparar a uno de los centinelas una bala explosiva a la cabeza.

    – Se nota que tú eres nuestro comandante. Dijo Liam orgulloso antes de congelar a unos cuantos centinelas dentro de un cono de magia de hielo.

    – Al parecer he elegido bien casándome contigo, amor. Dijo Melody de manera dulce mientras incendiaba a unos cuantos centinelas.

    – Ves? Todos confían en ti, por eso, nunca te exijas más de lo que puedas hacer, Iker. Dijo Malwen mientras le ponía a Ikerhin una mano en el hombro y le sonreía.
    Entonces, vio como se le acercaba Anthrior con mirada asesina, pero siguió luchando contra los centinelas ya que vio que Gildor se encargaba de tranquilizarlo.
    El general Syllvein se fue acercando hacia Ikerhin mientras gritaba:
    – ATENCIÓN! Os retiráis o hago explotar este sucio puesto. Dijo Syllvein en un tono maligno mientras que sujetaba un orbe de fuego y sus centinelas sonreían de manera diabólica

    – Retiraos… TODOS! Gritó Ikerhin a todo el mundo con un plan en su cabeza.

    – Pero Iker, que vas a… Decía Litharien hasta que vio la mirada decidida de Iker dispuesto a hacer una locura.
    Entonces, Gildor reunió a todo su ejército junto con Anthrior y Litharien mientras que los cuatro integrantes del grupo de Ikerhin se reunían. Los dos ejércitos prepararon sus hechizos de teletransportacion y Melody le dijo a Ikerhin:
    – Amor, rápido, ven, debemos irnos. Dijo Melody preocupada.
    Ikerhin negó con la cabeza, con lo cual cuando ambos escudos se alzaron Ikerhin enfundó la espada que tenía en la mano derecha y comenzó a girar su otra espada hasta hacer una rueda de nieve la cual se rompió dejando ver una espada rodeada de magia de hielo, entonces dio una estocada contra el suelo liberando una ventisca mágica a su alrededor congelando todos los centinelas excepto al general Syllvein, el cual se estaba comenzando a incinerar por sujetar ese orbe el cual se le conocía como el heraldo de Igniros, el cual estaba muerto ya y no funcionaba.
    Ikerhin intentaba hundir más la espada en el suelo pero cada vez se le hacía más pesada ya que su inseguridad le hacía mella y pensaba que no iba a poder conseguirlo, que no iba a poder derrotar a nadie, entonces fue cuando se acordó de lo que le dijo Malwen hace unos instantes y siguió empujando, aunque le costase, iba a conseguirlo, estaba decidido a lograrlo y volver a su hogar junto con Melody.
    Al disiparse la ventisca, pudo observar el puesto congelado, estaba todo cubierto de hielo, era hermoso a la vez que terrorífico y el lugar donde clavó la espada también estaba congelada sobresaliendo unas pequeñas plataformas, como si fuesen una pequeña maqueta de unas cordilleras con un corte en el centro, entonces Ikerhin se llevó la espada al hombro sonriendo y dio unos pasos para acabar desmayándose siendo lo último que vio la cara de Melody.
    Todos se quedaron estupefactos, viendo a Ikerhin desmayado contra el hielo, entonces Litharien se lanzó a golpear con el escudo llorando intentando romperlo mientras se le venía a la mente todos los momentos que vivió junto con Ikerhin mientras que Melody fue avanzando poco a poco con lágrimas en los ojos y cuando llegó al límite puso una mano en el escudo indicando que quería estar con él y llevárselo a Isorath.
    Al de unos instantes de que Litharien y Melody estuviesen en el límite del escudo, ambos ejércitos desaparecieron.

    De repente, en la plaza central de la capital de Arcadia, Arcan, apareció un haz de luz en el que al desaparecer apareció un ejército y delante una chica rubia gritando.
    – IKEEEER! Gritó Litharien llamando la atención de todos los magos alrededor de ella.

    En el palacio real de la capital de Isorath apareció un rayo de luz en el que al desaparecer aparecieron los cuatro integrantes del grupo de Ikerhin, en el que se podía observar a Melody llorando arrodillada en el suelo.
    – Ya estáis aquí. Donde está el comandante, general Malwen? Preguntó uno de los ministros del rey.
    Bael se llevó la mano al pecho y Liam agachó la cabeza. Malwen se mordió el labio apretando los puños y Melody se levantó furiosa.
    – Esta muerto! Gritó Melody dejando estupefactos a todos los presentes en a sala.

    El rey Andrion estaba comiendo uvas en la sala del trono hasta que entró uno de sus guardias reales.
    – Mi rey, han avistado una ventisca inesperada procedente del puesto que conecta con Isorath, debe ser el primer semielfo. Dijo el guardia decidido y confiado. – Ah si. Dijo el rey mientras apoyaba su codo en el reposabrazos y su cabeza en su mano mientras que sonreía de manera orgullosa. Traedmelo ante mi presencia. Ordenó el rey Andrion a su guardia real antes de irse corriendo por la puerta

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